[Por Sergio Cortina] La cosa está así. Soy igual que toda esa pléyade de periodistas forofos y ventajistas. Como Roncero y compañía, todo lo que escribo el lunes está condicionado por un suceso. La sútil diferencia es que en mi caso, el tono de las líneas que ofrezco aquí, no depende de si a los que me pagan les da por meter la pelotita entre los tres palos. Lo reconozco, la buena calidad de lo que exponga el lunes está marcada inevitablemente por un único factor, por si si he pasado el fin de semana con mi chica o no. Mujeres y fútbol. Así de simple y de pedestre soy.

El caso es que si no lo he hecho, me despierto de muy mala hostia y esto enriquece enormente mi prosa. Y es que cuanto más jodido estás mejor escribes, tanto si eres Elvis Costello como un pobre desgraciado. En cambio, me lo he pasado de lujo con ella, si nos relammos viendo una de Russ Meyer y pasamos la noche del sábado bebiendo y escuchando a Del Shannon en nuestro bar favorito, la escritura se resiente. Primero, porque el fútbol habrá estado a kilómetros de distancia de haber rozado mi cerebro y segundo, porque me sentiré radiante. De viernes a domingo estuve con ella, así que si quieren pueden dejar de leer.

Como digo, no hubo pelotita para mi este fin de semana. No vi la victoria del Oviedo en un campo embarrado y sin gradas, ni la vuelta a la derrota del City, ni el golpe encima de la mesa del Madrid. Pero si comprobé la dramática reacción, casi operística, de los jugadores del Barcelona tras caer inesperadamente en el Lopera. Entonces, habiendo tomado la debida distancia, se dio en mi mente un extraño efecto. Mientras Puyol y compañía marchaban como terneros al matadero, hacia el tunel de vestuarios y el comentarista hablaba de drama, debacle y otras tonterías, me di cuenta, como pocas veces de lo teatral que es el fútbol. No tengo ni la más mínima duda de que a la mayoría de futbolistas les importa un huevo lo que le ocurra a su club pero al fin y al cabo tienen que ser profesionales, hasta para esto. A muchos, imagino que de hacer tanta publicidad, les ha quedado el poso de actor. Y los actores son profesionales de la mentira.