[Por Sergio Cortina] Escena primera. Los vestuarios de Wembley son ahora un psiquiátrico improvisado. Tras ofrecer un plano cenital de Fabio Capello, tumbado en un diván de cuero, en estado de hipnosis profunda, la cámara desciende súbitamente con un zoom en direccion a la enorme y cúbica cabeza del seleccionador. Se ven imágenes relanpagueantes de jugadas. Micah Richards destrozando tobillos, sprints cortos de Steven Gerrard y una pisada de Joe Cole. Nada. El dóctor, péndulo en mano, susurra: “Trate de concentrarse mister, bucee hasta lo más profundo de su mente” y una vena en la sien del italiano se hincha como la raiz de un arbol viejo. De repente, un relámpago naranja provoca la catarata de imágenes. Pases al hueco en el borde del área, primer toque, trallazos teledirigidos, director de orquesta, la viga maestra. Escena segunda. La sesión de hipnosis llega a su fin, Fabio Capello garabatea algo en su lustroso cuaderno Moleskine, estrecha la mano del loquero y abandona la sala aliviado, con una sonrisa de felicidad que ilumina el pasillo vacío. Entre las hojas de la libreta hay dos palabras: Paul Scholes.

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