[Por Sergio Cortina] Hoy va a ser un día para celebrar. Roman va a soplarle el polvo ese bidón de Coors helada que guarda en su bunker privado y se va a marcar unas cañas a la salud de Rafa Benítez. Lo presiento y así lo deseo. No olviden que llevo dando la murga, durante casi un año, con la historia de que el Chelsea va a ganar, al fin, la Copa de Europa, de modo que ahora no me puedo rajar. El City es el equipo que me gusta pero…Blue is the colour!. Se que hace algún tiempo y unas cuantas entradas de este blog, afirmé que prefería cortarme un pie a volver a ver un tostón de los que nos dispensa el Chelski, pero como soy esclavo de mis palabras aquí estoy de nuevo. Inquebrantable, con la guía de televisión en una mano y el serrucho afilado en otra.

Además estoy preparado para todo. Para soportar el fanatismo a sueldo del imbécil de Manu Sánchez y su banda sobre el Spanish Liverpool, para el previsible picapedrerismo de rojos y azules y para que la parte de mi mente en la que se aloja la cordura estética sufra una nueva lesión, tras ver una vez más a Don Táctica vestido de muñeco de Michelín (ese anorak crece cada año). No me importa cuanto haya que sufrir, me apetece mucho que el Chelsea pase a la final y que de paso, los londinenses le hagan la colonoscopia al antipático de Rafa Benítez.

Las razones de mi elección, como siempre, son puramente sentimentales. La primera: si mi cerebro busca la palabra Chelsea en la base de datos infancia, el proceso devuelve terminos como buen juego, marrullería, carcajadas de Rainieri, perdedores y Gianfranco Zola. La segunda: francamente, todo este patriotismo para subnormales que vende el periodismo deportivo español desde que unos cuantos decidieran ir a hacerse las Inglaterras, me molesta tanto que voy a ir con el conjunto sin españoles. Y tercera y última, si gana el equipo pijo por excelencia me tiraré un año entero fardando de mi sapiencia futbolística a la hora de las cervezas. Y eso no es poca cosa.